Los reductos de humanidad. Origen y destino de nuestra energía social.
Sobre esos espacios esenciales de desarrollo humano y relación presencial donde construimos los vínculos reales que generan energía social.
Claudia D. Roca
4/2/20264 min read


La primera vez que salió de mi boca esta frase, fue en una charla con Tiago Barro, CEO de Binary Menorca, una persona que admiro y aprecio de corazón. Y no es que seamos grandes amigos, pero nuestros caminos se han cruzado en distintos momentos profesionales, y su serenidad, honestidad y sobre todo su generosidad, siempre me conquistan y me dan luz. Gracias Tiago, porque has sido colaborador y maestro en más ocasiones de las que crees.
Fue en una cita que le pedí, hace quizás un año, para ubicarme un poco en este mundo tecnológico que no hace más que avanzar a gran velocidad, ¡casi tan rápido como cumplimos años! Estaba un poco abrumada con el boom de la IA, aún con el recuerdo del Binary Day 2022 en el Teatro Principal, donde por primera vez oí disertar sobre el poder y potencial de la inteligencia artificial. Quedé fascinada y un poco descolocada, parecía ciencia ficción. Pocos años más tarde, aquí estamos, haciendo cursos, manipulando e integrando programas, viendo cómo el mundo sigue y sigue cambiando de la mano de la tecnología.
En ese café con Tiago fue la primera vez que puse en voz alta mi deseo de hacer consultoría con un propósito que creo que he llevado siempre: el de aportar algo al mundo del deporte, del que tanto he recibido. ¿Por qué algo así, si en el deporte base apenas tienen recursos?, pensé hacia mis adentros. Y me vi diciendo, con genuina convicción, como justificándome sin que me lo pidieran: "porque el deporte y las artes son, y más hoy en día, con el paso avasallante de la tecnología, de los pocos espacios de relación real que nos quedan, sobre todo a nuestros hijos, a las nuevas generaciones. Son los reductos de humanidad que disponemos…"
Y esa frase quedó latente en el ambiente, resonaba en mi interior. En ese momento supe por qué el deporte ha sido una constante en mi vida.
Entré al atletismo por accidente, con ocho años, en una clase de Educación Física. Había una carrera de relevos, cayó el testigo, lo recogí y ganamos. Al salir, el profesor me preguntó si me animaría a apuntarme al atletismo como extracurricular. Y yo, que era una niña que vivía en la calle rodeada de chicos y jugando con otros niños, supe de inmediato que esa era mi salida: mis padres barajaban ballet o modelaje, y la sola idea me espantaba. Corrí a casa a proponerlo antes de que nadie pudiera sugerirme otra cosa. Muchos años después, conociéndolos bien, sé que jamás me habrían inscrito en algo que no quisiera —pero entonces no lo sabía, y esa urgencia fue la que me lanzó al atletismo, y con él, al deporte para siempre.
El deporte no solo desplegó mis capacidades físicas. Forjé grandes amistades, aprendí y reforcé los valores que hoy me definen como ser humano, y crecí y florecí en la relación con otros. Tan sencillo, tan importante.
Yo creo que tuve la ventaja de no ser nativa digital, aunque sí de las primeras migrantes, y eso creo que nos ha permitido, a mi generación, evolucionar en equilibrio. Ese balance tan importante que hoy sabemos está zanjado por una herida alarmante en la salud mental, especialmente la de los más jóvenes.
El ciberespacio se ha convertido para muchos en su único mundo, una fortaleza que los aleja de los entornos de verdadera proximidad, donde aprendemos a mirarnos a los ojos, a escucharnos, a abrazarnos, a respetarnos, a pelearnos y reconciliarnos, a llorar y reír, a ganar y perder, a resignarnos, a equivocarnos, a acertar; pero lo hacemos acompañados y en relación con nuestra tribu, nuestra comunidad. La brecha entre pares nos está volviendo incompetentes sociales, nos está deshumanizando.
Para los adultos de hoy ha sido tan natural tener amigos, cuadrilla, que las damos por sentadas, olvidándonos que venimos de otra época. Y así es como de repente nos encontramos perdiendo estos entornos que facilitan las relaciones de carne y hueso. La tecnología se ha introducido de un modo tan agresivo y veloz en la educación temprana de nuestros hijos, que cuando nos ha dado tiempo para pensar, las reflexiones y medidas que ahora queremos aplicar para desescalar o redireccionar su presencia y acceso, son insuficientes para recuperar el equilibrio.
Por eso creo que nos debe importar a todos actuar para proteger estos espacios de resistencia humana: los clubes de toda la vida, de deportes, danza, música, pintura, juegos. Protegerlos significa reforzarlos normativa, jurídica y estructuralmente; dotarlos de recursos para mejorar sus capacidades y alcance. Que el deporte y las artes solo sean un hobby ante los ojos de nuestros pequeños, pero para los demás, para los que tomamos decisiones, entendamos que son parte de nuestro patrimonio social, como la familia. Un espacio de desarrollo humano que la sociedad necesita proteger y fortalecer para no decaer.
Estos espacios nos dieron a la gran mayoría una niñez feliz y acompañada, que forma parte de nosotros, una fuente de energía que nos hizo progresar en el tiempo. ¿No sentimos esa necesidad, ese compromiso ético de devolver a esos entornos algo de lo que nos aportaron? ¿De ser parte de ese círculo virtuoso de la generación de energía social?
No se trata de que te guste el deporte o el arte. Se trata de tener claridad sobre el tipo de sociedad que queremos y cómo asegurarnos de que los que nos siguen cuenten con espacios de desarrollo humano, para que un abrazo, una mirada o una palmada sigan siendo más confortables que un like.