El verano cualquiera de ROMA, que no fue...
Sobre cómo salir de lo habitual nos reubica y nos ayuda a reencontrarnos.
Claudia D. Roca
9/22/20254 min read


...que no fue cualquiera…Cada verano trabajamos mucho y aunque siempre son diferentes; este pasado, además fue entrañable y disparador. Seguramente no para Ricardo que tuvo que redoblar sus esfuerzos para que nuestros proyectos no se vieran alterados. Por primera vez en muchos años, decidí coger TRES semanas de vacaciones en agosto para ir a Ecuador con mis hijos, a visitar a nuestra familia.
Desde hace algunos años, el verano equis de ROMA pivota entre los múltiples frentes que abre la regata Vela Clásica Menorca - Copa del Rey de Barcos de Época, increíble evento que organiza el Club Marítimo de Mahón, nuestros clientes, amigos y casa en la isla. Una alianza que nos une para la dirección de arte y marca, como ocasionalmente para la gestión de operaciones del evento. Y que merece por sí sola una entrada propia en este blog. Solo voy a apuntar que es una locura el verano de la mano de este acontecimiento; adrenalina pura, que este año eché de menos desde mi tierra…Suena raro, ¿eh? Pero es más que comprensible cuando, por supuesto, amas a tu familia, pero también amas lo que haces.
Mis vacaciones estivales suponían una oportunidad única de reconectarnos con nuestra familia ecuatoriana, con la que no tenemos la suerte de compartir cotidianamente. Hacía casi 4 años que no visitábamos Ecuador. Bruno y Leonardo, tenían entonces entre los 8 y 10 años, y fuimos unos 12-15 días, por Navidad. Esta vez, ellos con 12 y 15 años, el avi Jaime los invitó un mes y yo los alcancé una semana después.
Cuando me preguntan ¿qué tal las vacaciones? la respuesta automática es: bien. Luego paro, pienso y refuerzo: de hecho muy bien, entrañables. Y es que todo fue muy bonito. Nos fuimos sin planes extraordinarios. Pero allá, las cosas más sencillas como las elaboradas; espontáneas como planificadas, fueron simplemente únicas y felices. Porque cuando conectas y fluyes, lo tienes todo. Para mi, que hago este balance, ver cómo mis hijos (en la efervescencia de la adolescencia) se relacionaban tan bien con sus primos, tíos, abuelos y amigos, solo me hinchaba el corazón. Estrechar esos lazos familiares, fortalecer el vínculo era nuestra misión, algo que todos nos habíamos propuesto y lo conseguimos. Cuando decimos que algo no tiene precio, nos referimos justo a este tipo de experiencias. Y lo mejor, es que te vuelves con esa sensación tan positiva de que, a pesar de todo, siempre será posible. Solo hay que hacer. Disparador.
La calma, el ímpetu y la valentía.
Lo mejor de estar de vacaciones, en plan relax, sin planes, ni tours; con horas para mirar el techo y escuchar el mar, es que no has de pensar, pero piensas. Solo que lo haces despacio, sin prisas…reflexionas.
El resultado de mi reflexión no es único, no es original, pero es mío. Entre los múltiples escenarios de pensamiento que pasaron por mi cabeza y corazón, me retumba la admiración que me supone el ímpetu y la valentía de la juventud. Pensaba en como Bruno, Leo y Sam (mis hijos y sobrino) habían asumido con emoción, entusiasmo y valor el aprendizaje de un nuevo deporte como el surf; en un mar con olas y mareas al que no están acostumbrados; con caídas, ahogadas, voladas y todo, y solo en tres días. Y como cada paso que daban hacia adelante, solo aumentaba su emoción y alegría. Sentí una suerte de envidia y nostalgia…qué mal suena, pero es la verdad. Sin embargo, este pensamiento evolucionó…
¿Hacia dónde? Pues hacia la reflexión personal y profesional. Ubicarme un poco, entre lo que soy, donde estoy y hacia donde quisiera ir…ROMA me encanta, es un espacio que nos une y nos motiva, pero también porque nos facilita explorar. Y en este ejercicio he caído en cuenta de que las entidades, sobre todo las más pequeñas o las que operan sin ánimo de lucro, requieren de un acompañamiento de mayor alcance, más integral, que abarque también ámbitos de gestión, organización y financiamiento, como paso previo o simultáneo para potenciar su marca. Lo que implica ampliar nuestro espectro.
De vuelta a los orígenes
Y de este proceso reflexivo, he rescatado mi ímpetu y motivación de juventud: el deporte, y por tanto, todo aquello que lo facilita. Y también el propósito que me había trazado cuando decidí especializarme en gestión deportiva al acabar mi carrera universitaria: ayudar a construir un entorno deportivo fuerte, para que jóvenes y familias siempre dispongan de ese magnífico y cada vez más necesario, lugar seguro y preparado para ti. Ese refugio donde aprendes y enseñas; donde afrontas retos, triunfos, decepciones, alegrías; donde trabajas y te sacrificas no solo por ti, también por los otros, tus compañeros, tu equipo, tu lugar. Así fue mi experiencia, la de tantos otros amigos; y es hoy la que, afortunadamente, también viven mis hijos en su club de piragüismo.
Esa segunda casa donde, pase lo que pase, siempre sales reforzado, porque estás en familia. Ahí, donde todos nos miramos a los ojos al hablar; donde nos reímos juntos y nos abrazamos para celebrar o llorar; donde nos riñen y animan; donde tejemos una red fuerte e inquebrantable de amistad real, de carne y hueso. Esos espacios, que hoy ante el paso avasallante y omnipresente de la tecnología, se hacen imprescindibles para mantener el equilibrio y sensatez social. Y es que entre todos debemos encontrar los modos para mejorar y fortalecer la salud y presencia de nuestros clubes, de deporte y de artes; ya que son hoy, más que nunca, los reductos de humanidad que disponemos. Y hacia ahí ponemos rumbo.